Yo, como todas las mujeres que hemos pasado por un cáncer de mama, nunca pensé que ése era mi problema. Así lo reiteró mi ginecólogo, que cuando le comenté de la bolita que sentía en el pecho me dijo que me quedara tranquila: “a ti no te puede pasar eso, estás muy chica”.
Pero la intuición femenina no me dejó quedarme con los brazos cruzados e insistí…¡afortunadamente!. Siete meses después me dieron la noticia: “es cáncer y muy probablemente, por seguridad y por estética hay que quitar los dos pechos. Hoy sabemos que la tumorectomía no funciona, por lo que tendremos que irnos por la cirugía radical”. Por supuesto, nunca volví a saber nada de mi médico. Su incapacidad profesional no le permitió verme a la cara de nuevo.
Empecé a llorar al darme cuenta de lo que acababa de escuchar. Para mí la palabra cáncer iba pegada al término “muerte”. Me concedí entonces sólo tres años de existencia. En unos segundos se me vino mi vida a la mente: 30 años, recién casada, con planes de ser mamá en un futuro cercano; tres años no me servían de nada.
Sin poder aceptar esta nueva realidad regresé del médico y me fui a mi casa a seguir llorando, no quería ver a nadie, sólo ansiaba echarme a dormir. Esa noche vino toda la familia a acompañarnos –a mi esposo y a mí. Intenté ser muy fuerte pero después de un rato no pude más y me fui a mi cuarto. Él subió y me dijo muy serio: “llora todo lo que tengas que llorar hoy, porque desde mañana vamos para adelante, a enfrentar y luchar contra la enfermedad hasta vencerla”.
A la mañana siguiente todo estaba listo para partir a St. Louis Missouri, en Estados Unidos, donde mi médico familiar organizó reuniones con un equipo de oncólogos, psicólogos, cirujanos, etcétera. Diez días más adelante me practicaron la segunda intervención quirúrgica con el fin de quitar el resto del tumor (lo que quedó después de la biopsia) y analizar los ganglios para saber si el cáncer se había pasado al sistema linfático. No hay palabras para describir el miedo y la angustia que sentí ese tiempo. Por supuesto que antes de salir de México dejé por escrito cómo quería repartir lo que me pertenecía; estaba preparada para todo.
Llegó un momento –tres días después de la tremenda noticia– en que lo único que no soportaba era la idea de dejar a mi esposo viudo tan pronto. No quería ser yo la causa de otro sufrimiento para él, yo ya había vivido 30 años de la mejor manera: he hecho todo lo que quise, estado con quien había querido estar, estudiado lo que me gustaba y vivido donde elegí. Todo esto…y por supuesto, no haber tenido hijos. La operación salió muy bien y en menos de una semana –sólo cinco días– nos entregaron los resultados: los ganglios no estaban infectados –mi mayor preocupación. Pero los tejidos de los márgenes sí dieron positivos al cáncer por lo que hubo necesidad de intervenirme por tercera ocasión, y en ésta, limpiarlos a profundidad.
No me importó entrar al quirófano de nuevo, todo lo contrario, fui feliz de la vida –era lo de menos. Salí con el peor dolor que he sentido en mi vida. “Clasifícalo del uno al diez”, me decía la enfermera: “diez”, era mi respuesta. Otros cinco días de espera para tener los últimos estudios. Todo estaba limpio. Ya era una persona normal y el seno se salvó.
Definimos cuál sería mi tratamiento; elegimos entre quimioterapia y hormonoterapia. La radiación era obligada, porque la cirugía fue conservadora. Me decidí por la hormonoterapia –ya que si me daban quimioterapia corría el riesgo de quedar estéril. Pensé afrontarlo con la mejor de las caras y me corté el pelo chiquitito, adelantándome a su caída inminente con ese tipo de tratamientos. Pensé, también, que lo peor ya había pasado. La vida es muy irónica y creo –como me lo dijo mi doctora– que de no haberme cortado el pelo, sí me hubieran tenido que dar quimioterapia.
Pasaron otros quince días y empecé el tratamiento de radioterapia, todavía con un dolor horrible en el brazo. Sufrí cada vez que me metí a la máquina de las radiaciones, por la posición en la que debía mantenerme. Me dolía mucho, pero no estaba dispuesta a aplazar el inicio del tratamiento por nada del mundo. Quería empezar para terminar.
Los doctores me dijeron: “vas a sentirte muy cansada, a dormir más que de costumbre, a enflacar, la piel se te va a quemar y tu conteo de glóbulos rojos bajará de manera considerable”. A seis semanas de que empecé, yo no estaba cansada, no dormía más que de costumbre, sólo había enflacado un kilo, la piel estaba ligeramente más café de un lado que del otro y mi conteo de glóbulos rojos era exactamente el mismo que la semana número uno. Todo se lo debo a la actitud que tomé… a pesar de tener todo el derecho de echarme en una cama y no levantarme hasta que el tratamiento terminara (o, seguirle así de por vida). Pero decidí no permitirlo y llevar una vida lo más normal posible. Diario me levantaba a las siete para caminar cinco kilómetros y así empezar la jornada.
Ya de regreso en México me agobiaba una angustia inexplicable. Cada que veía a alguien conocido me daba taquicardia, no soportaba la idea de que me tuvieran lástima pero tampoco quería que pretendieran que nada sucedió. Hubo quien, sin decir más, me habló para invitarme a comer y platicar (como si me hubiera ido de viaje tres meses). Todavía peor, hubo quien ni siquiera habló. Mientras tanto, aprendí a vivir día a día y a sacar lo mejor de cada uno. Me convertí en una persona directa que hace lo que siente correcto, está con quiere estar y goza cada minuto.
Por otra parte, arranqué con un proyecto muy ambicioso: la Asociación Mexicana contra el Cáncer de Mama, Fundación Cimab. Creo que mi misión en la vida está más clara que nunca y no pienso desaprovechar la oportunidad de haberla identificado. Voy a hacer algo por las mujeres de México que enfrentan lo mismo que yo.
Agosto 2013
Hoy, 2 de agosto de 2013 leo por primera vez mi testimonio escrito hace casi doce años. Decido no cambiar ni una palabra y respetar los sentimientos de aquel entonces. Algunos se han difuminado con el paso del tiempo, otros como el miedo siguen teniendo la misma fuerza y otros como la pena que sentí hacia el que fue mi marido han desaparecido por completo. Muchas sensaciones y emociones me vienen a la cabeza, pero el más importante es el profundo agradecimiento con la vida por darme tiempo para hacer muchas cosas, principalmente para ser mamá de dos hijos increíbles, de tener la oportunidad de enseñarles el mundo y de formarlos para que sean personas de bien, orgullosos de venir de una mujer como yo.
Alejandra de Cima
Fundadora y Presidenta de Fundación CIMA.

Esta entrada tiene 9 comentarios
Hola soy Ely y fui diagnósticada con cáncer etapa 4 Hertz 2 metastasico, desgraciadamente mi mal está muy avanzado y no tengo ninguna posibilidad de cirugía, completamente desahuceado mi esposo me abandono (también sentía una enorme vergüenza con él), y sin poder trabajar es muy difícil el tener buen ánimo pues una de las cosas que más entristecen es el perder el cabello y sentirse menos como mujer agradezco a las fundaciones que ayudan en estos aspectos físicos como donación de pelucas, maquillajes y todo ese tipo de cosas que levantan el ánimo, grandiosa labor, yo estoy en busca de una peluca pues mis quimios es el único recurso que tendré y no veré mi cabello más. Dios les bendiga su hermosa labor.
Hola Elizabeth, gracias por tu comentario. En la fundación tenemos pelucas para donar. Nos puedes enviar un correo a info@cimafundacion.org y con gusto lo coordinamos. Recibe un abrazo de parte del equipo de CIMA.
Ely, deseo de corazon que llegue el milagro de la sanacion a tu vida, dios te bendiga?
Ely , Dios está contigo y en tí! nunca nos abandona, no pierdas la Fé y entrégate a Él, El es Dios de imposibles!
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Buenas tardes. Mi hermana tiene cáncer.. va po la quinta quimio .. no hay recurso para ir a un servicio particular. La estamos atendiendo en el imss.. me gustaría ver el tema de una peluca.. que debo hacer para apoyarla con ello. Esta perdiendo su pelo.
Hola Teresa, siento mucho lo de tu hermana.
Por favor mándanos un correo a info@cimafundacion.org diciéndonos que te interesas por recibir una peluca. Miriam nuestra compañera nos ayuda para gestionarla y que se las entreguemos cuanto antes.
Un saludo
Hola soy Ana Felicitaciones por su labor yo en estos momentos estoy tambien en la lucha contra el cáncer de mama, voy por mi tercer quimio de 16 que tengo que enfrentar, pero que con la ayuda de Dios sé que lo lograré y saldré vencedora de esta batalla … me gustaría poder tener la oportunidad de acceder a una peluca si fuera posible …
Ana, lamentamos mucho que estés atravesando por esta situación, estamos aquí para ayudarte en lo que necesites. Con respecto a la donación de peluca, por favor escribe un correo a info@cimafundacion.org con nuestra compañera Miriam Moreno para que te de la información respectiva.